12.4.08

41. Cámera obscura

Si no fuera por una nostalgia sutil pero insistente, a veces demasiado fangosa, chapalean-do en alguna parte dentro mío –el anhelo de alguna presencia real, una mano en el hombro, una claridad con un poco de sombra, un pájaro o al menos su canto- la temporada en la penumbra del cofre hubiera sido una de las más felices de mi vida.

La prueba está en que nunca intentara romper a patadas la tapa del encierro. Ni se me ocurrió.
En las largas vacaciones que pasé allí, ni siquiera cuando el traqueteo, las sacudidas, los vertiginosos giros en la licuadora de algún vórtice me anudaban en extrañas contorciones obligándome a menguar, a encogerme casi hasta la inmaterialidad, nunca llegué a sentirme lo suficientemente mal. A veces algo inquieto. Jamás desesperado.
El narcótico que destila la penumbra me daba algo más que valor, me daba la certeza de que la fría mortaja de mi estuche me preservaría de todo mal hasta la estación siguiente, hasta la próxima suerte.

Resina de pino. Carcoma. Filtraciones y otras nutrientes. Sobretodo el sueño. El sueño como entretenimiento infinito, como descanso de la voluntad y como medida de tiempo: racimo de sucesión inerte. El sueño como patrón de resistencia.
Creo que estuve a punto de volver a la infancia, a una infancia, qué importa cuál, digamos a una infancia especular o espejísmica (no sé si existe una palabra así, si por su sonido fuera, no debería).
La cosa es que cuando empezaba a fraguar en el vaciado de mi encierro, cuando estaba a punto de anclar o de encallar en una infancia superpoblada y muda, Renato abrió la tapa y se hizo el día.

De todas maneras todo lo que uno tiene o tuvo es especular o fatamorgánico (esta otra palabra suena mejor pero se enturbia en etimologías mitológicas).
En la jalea de tiniebla que me acogió con pasión había un amor filial, una contención familiar que no había sentido ni recibido antes.
Soy incapaz de hablar más o mejor de todo esto. Si bien es cierto que de hacerlo, sería tal vez lo único plausible de ser dicho, el único párrafo que podría serle a alguien de utilidad.
Voy a tratar de acercarme todo lo posible a esa tibieza cuidándome muy bien de no espantar a las bestias felices.

La pérdida de la afectación, por ejemplo. Cuando nadie te mira, cuando sabés –no con la cabeza sino con el colon- que es absolutamente imposible que estés siendo observado, el ser regresa a su plomada, a su pendular armónico, a su estando. En otras palabras, más tarde o más temprano sucede el yo verdadero, inocente, ignorante del árbol de la ciencia. El yo mezclado, embadurnado, sucio del barro del instante.

Es cierto que con el pasar de los días, acaso producto de la ceguera, uno empieza involuntariamente a mirar lo invisible, a hacer zoom en el microcosmos, pero esa es otra historia y de ella no me queda registro.

Con los ojos abiertos o cerrados la misma noche perenne sin cielo. En esa noche el cuerpo se acomoda a cualquier universo. Adentro/Afuera.
Oís visiones: suena el teléfono. ¡Cuántas veces sonó el teléfono! Fatamorgana.
Oís visiones susurradas: charco, jacarandá, asombro, musaraña. Todas las palabras que uno pueda decir o callar, toda polifonía sorda: la multisemántica gestualidad del rostro, las señas que los dedos de la mano transmiten o esconden. El dedo en la boca.

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